Dolores Redondo y la Sociedad Swedenborgiana: Ofrenda a la tormenta.

He vuelto a hacerlo. Al final voy a empezar a sospechar que sufro de alguna afectación psiquiátrica.

La ultima entrega de  la Trilogía de Baztán, viene más cargada que nunca de bebes, estereotipos, mezclas de ideas encontradas aquí y allá y una tupida capa de lanugo de recién nacido y toneladas de calostro. Me parecía imposible superar las dos entregas anteriores, pero si algo puede (y así se debe reconocer  a la autora), es su capacidad para superarse a si misma. Y es que, los altos niveles de glucosa que impregnan las paginas de Ofrenda a la Tormenta, actúan como un viejo veneno emponzoñando cualquier oasis que el lector alcance a vislumbrar en la desesperación de calmar su sed de literatura. En fin, que  la cosa solo mejora (sin perder la constante de la mediocridad en la que se ha empeñando en chapotear la Trilogía) cuando el portentoso marido y el angelical recién nacido, abandonan el panorama. Es en ese nuevo escenario y con el golpe emocional que sufre la Inspectora con la perdida de un personaje,  cuando algo de la artificiosa placidez que nos es impuesta  en la historia  desparece y no le queda más remedio que centrar sus esfuerzos  en la trama criminal. Trama que,  por cierto, continua resultando inocentemente pueril y sin esa chispa de maldad perturbadora con la que podría haber aderezado ese misticismo fantasioso ancestral del que tanto presume. Habría bastado con que ojeara, por poner un par de ejemplos,  algunos  anecdóticos episodios de la biografía de William Blake  y  su capacidad para la imaginación  (entendida como  equiparable al inconsciente colectivo de Jung),  o de la de  Emmanuel Swedenborg, ingeniero de minas que hablaba con espíritus y hasta tomó un café con Cristo.

Con todo, sorprende el cambio de paso una vez el marido-artista se esfuma.  Como en una especie de trastorno ciclotímico (que en un libro escrito a dos manos no tiene mucho sentido),  aparecen de pronto, esas notas de oscuridad que son tan de agradecer y hasta muestra una voluntad inaudita  de disfrazar la historia de credibilidad (como,   aunque erróneamente, cita la Prueba  de Walker). Pero la historia sigue sin sostenerse. Y no solo por no usar las técnicas de investigación adecuadas,(recordemos que es una novela, no el manual del buen policía), sino porque en todas las paginas, y como ocurría en las otras ocasiones,   quien lee no consigue desprenderse de la sensación que los crímenes son solo una excusa, un parche para tratar la intimidad de sus personajes y hablar de mitos y leyendas.

Pero no nos confundamos: en ese camino más intimista, y si se quiere psicológico, tampoco resulta agradable y mucho menos una lectura sofisticada.  Dolores Redondo, pese a acumular un numero notable de portadas en la prensa,  se acerca cada vez más,   con una decisión y contundencia indiscutible, a la opereta y la caricatura de si misma.