Robert François Damiens

Quien haya leído un libro estupendo de Michael Foucault llamado “Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión”, conocerá la historia de la ejecución de Damiens, que intentó acabar con la vida del Rey Luis XV  en el año de 1757. Técnicamente fue una retractación pública, pero lo que fue realmente  es una salvajada llena de sadismo. Y todo por una (mera) tentativa contra la vida del monarca (este hecho delictivo aparece en las crónicas de la época con la calificación de “parricidio”, lo que nos da una idea de la gravedad del asunto: intentar matar al rey era como MATAR  (consumándolo) al padre). El castigo corporal, el suplicio al que fue sometido el criminal es espeluznante:  Le fueron “atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.

SHOW
The show must go on.

Lo que ocurrió después fue todavía peor, porque los caballos fueron incapaces de desmembrar a Damiens y el verdugo tuvo que ayudar con un cuchillo hasta que los caballos (animales nobles y majestuosos donde los haya) acabaron el trabajo.

Dicen también que  en el momento en que el tronco fue lanzado a las llamas seguía vivo e incluso que al día siguiente un perro, aunque era  expulsado del lugar una y otra vez, insistía en volver a las cenizas de la hoguera, como si el animal, (a cuyos  instintos nos ha gustado siempre dotarlos de un halo de misterio) acudiera a un llamamiento místico.

Focault también transcribe el  reglamento de  la Casa de jóvenes delincuentes de París de 1838. Su contenido, comparado con la condena a la que fue sometido Damiens, se parece más al régimen interno de una academia militar contemporánea que a un tratamiento para delincuentes de 1838. En apenas 81 años un abismo separó las  manifestaciones del ius puniendi y cesó el espectáculo macabro del castigo o como lo define Focault  se rompió con la  sombría fiesta punitiva del cuerpo supliciado.

Actualmente, en pleno 2016, hay una especie de regreso a ese derecho penal absolutista. Siempre ha existido (y existirá)  la tendencia a huir hacia él: Se acude a la peor clase de populismo al que se puede acudir, el del populismo penal, o si se quiere, al uso de la emotividad del derecho penal y de la neutralización del delincuente y con una clara finalidad única y exclusivamente retributiva.

Cuando se dan los requisitos y existen todas las garantías del sistema de juego , el Derecho Penal del ENEMIGO que propone Jakobs (o el Derecho Penal de dos Velocidades de Silva Sánchez) es recomendable y necesario, pero no hay ningún favor, ni versión positiva en salir corriendo hacía esa dirección, con la que se pretende calmar unas  ansias que son incentivadas y aprovechadas a veces con fines espurios: Los medios de comunicación, por ejemplo,  fabrican noticias (Mark Fishman en La Fabricación de la noticia) y fabrican olas de criminalidad que incrementan la sensación de inseguridad  de forma que no se corresponde con la realidad. En fin, un derecho penal excesivamente punitivo sirve para acallar a las gentes alimentadas en el miedo y en la inseguridad, pero no sirve para solucionar problemas, mientras que el abandono del derecho procesal penal, herramienta imprescindible y mucho más necesitada de reforma para los que nos movemos other side, se queda siempre desatendida.