TUFO A ALCANFOR.

No puedo negar que me gusta polemizar. Para mi, la controversia, que no el conflicto, es como la luz a la polilla. Y en el mundo literario estoy encontrado una mina inagotable de material muy incendiario. A la polémica del manifiesto, le siguió la de la ausencia de mujeres en la convocatoria a los premios Hammet  y esta culminó con unas impecables palabras de la Sra. Rosa Ribas, que recibieron contestación muy chusca por parte del Sr. Julián Ibáñez. Lo que de verdad subyace en esta nueva discusión escapa a cualquier consideración literaria para abrazar de lleno la cuestión sobre la materia prima de la que se nutre el sentido común e incluso la humanidad y como no, del compañerismo. Alguno, visto lo visto, debería acceder urgentemente a la entrada de la RAE, dedicada a tal epígrafe.

Estamos a 22 de julio de 2016 y otra vez ese mismo olor a habitación cerrada, a pretender darle un toque fresco con bolitas de alcanfor, a una habitación cerrada durante siglos con una botella de Soberano sobre la mesilla auxiliar adornada con un tapete de encaje.

El colegueo, el sentir peligrar los dominios del lobo ha llevado al argumento zafio y la etiqueta (no la del protocolo, si no la de la teoría del etiquetamiento): Tú, eres un jarrón veneciano, tú, escribes cositas light que no pueden hacer sombra a mi hardboiled duro y profundo (en clara referencia a la dotación viril, por su puesto). Tú, me pones nena, cuando andas de femme fatale, pero no cuando te disfrazas de policía, o detective o ama de casa (sí, ocupación al que jamás he presentado suficiente resistencia, lo admito, por su dureza). Y entonces me acuerdo del porque George Sand, escribía como George Sand: Por el prejuicio. Todos juzgamos y todos prejuzgamos. Etiquetamos como locos porque el ser humano en su infinita capacidad necesita tenerlo todo perfectamente clasificado en los compartimientos del prejuicio.

La pena es que la tan admirada femme fatale, es una mujer sin valores que pretende humillar y seducir a los machotes con su sensualidad y sexualidad. La Femme fatale es el punto débil del hombre. Es decir, que el hombre pierde su posición dominante dejando espacio a la mujer gracias a su atractivo físico. Que la forma de abrirse paso entre la masculinidad fuera utilizando sus encantos físicos hace 50 años, tiene un pase y es hasta loable: La población femenina pedía a gritos tener mas peso en la sociedad y en aquella sociedad, sus encantos físicos eran las únicas armas de las que podían valerse.

 En la sociedad del 2016,  me sorprende que moleste que, aunque ese no sea exactamente el problema, la mujer que le hace sombra al varón intelectualmente (aquella que vía la novela enigma o policial o hardboiled, resulta salir airosa de la historia porque es inteligente, audaz y físicamente preparada) resulte una ama de casa sin ningún atractivo y prefieran el atractivo de la mujer que solo puede usar su cuerpo para prosperar. Pues eso: mucho tufo a alcanfor, donde debería oler a aire fresco.

 

P.D; A quien le interese profundizar en la figura de la Femme Fatale, hay un libro muy interesante titulado: Diablesas y Diosas: Ángeles del mal. Barcelona: Editorial  Lertes, 1990. (De Javier  Coma).

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