H de Halcón de Helen Macdonald.

El año 2016 no ha sido un año especialmente brillante. De hecho, calificarlo así es ser muy generosa. A nivel de lecturas, series de televisión, películas y videojuegos no ha sido un año especialmente interesante: De videojuegos ando muy desconectada (y sin equipo adecuado,  y tampoco lo echo de menos). De lecturas ocurre lo mismo que ocurrió en 2015: : mucho ruido para pocas nueces,(y el mercado saturado de libros mediocres que supuestamente se venden como novela negra).

De todo lo que he leído en el 2016 ( que tampoco ha sido mucho)  no tengo ninguna duda en quedarme con “Muestra mi cabeza al pueblo”. Un libro estupendo que merece una entrada propia y tratarlo en profundiad.

De lecturas del año 2015 (que fueran una novedad editorial) me quedo con “H de Halcón” y con la nueva edición de “Mansura“. Ambos son libros magníficos que podría volver a leer sin ningún esfuerzo y manteniendo la sorpresa y satisfacción de la primera vez.

De H de Halcón hace tiempo que quiero escribir unas lineas: Es un libro que lo amas o te parece infumable. No tiene termino medio y por eso me gusta todavía más:  porqueé esconde una sensibilidad y una humanidad que no todo el mundo es capaz  encontrar. Algo así como un palacio interior al que no todo el mundo tiene acceso.

Para algunos se limita a ser un libro aburrido de pajarracos y cazar conejos: y no.  No es un libro de pajarracos, ni de cetrería aunque hable de ello.  Es un libro que explica la debilidad humana, la locura  en la que se navega cuando lo único que puede sentirse es dolor. Es un libro en el que en muuuuchas partes he llegado a sentirme identificada con la locura que explica la protagonista. Más que locura, desidia, anhedonia, ganas de que esconderse en un lugar oscuro para no salir.

Cuando Helen explica como remataba a un pobre conejo entre las garras de Mabel o como acabó con un pequeño conejo lleno de tumores está explicando el ser salvaje que el dolor había de hecho de ella.

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Lo bueno de H de Halcón es que consigue expresar sentimientos y definir estados de locura por los que se transita cuando se está inmersa en una época de dolor. Ayuda a empatizar con el sufrimiento propio, (que  siempre es más dificil que empatizar con el dolor del otro), a entenderse, a aprender a encontrar la paz…y la esperanda y  entenderlo como un proceso humano y por tanto, finito y con un fin y un remedio (o por lo menos como un estado temporal), y no únicamente como el perder las riendas de tu vida para siempre. Y aquí es realmente lo que lo hace que sea un libro interesante  y especial: no se limita a ser un libro de autoayuda.  El rito de iniciación a la felicidad, el transito de romper y superar el dolor,  lo hace  lo hace a través del mundo de la cetrería, de la caza con rapaces y de profundizar en la relación de Helen con Mabel. La historia de cetrería (a los que muchos les parece un peñazo) es el núcleo del asunto: Entrenar al azor, afeitarlo, es una metáfora de la lucha por domesticar nuestro propio dolor. Ahí  entra el paralelismo con la desperacion y hasta la brutalidad con la que T.H White intentaba domesticar a su azor, llamado Gos en su libro “The Goshawk“, cuando lo realmente deseaba era lucha contra si mismo, contra aquello que le quemaba y el impedía encontrar la paz: Cotejó a una enfermera hasta que la muchacha mostró interés y entonces desapareció. La historia de White, como la del duelo de Helen Macdonald, son mucho mas que la historia de dos azores y un rollo de cetrería (que es lo que algunos únicamente han llegado a ver). Es la historia de la lucha por recuperar  la esperanza,  que como dijo  Emily Dickinson es “esa cosa con plumas”, mientras se debaten en el miedo al dolor.

*Os recomiendo la lectura del reportaje de Jacinto Antón para El País  en el que reseña H de Halcón en la edición inglesa.

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Los muertos viajan deprisa.

Aprovechando que la Semana Negra de Gijón está en marcha, me parece que ni pintiparado hablar de “Los Muertos viajan deprisa”, de Nieves Abarca y Vicente Garrido  sin duda el mejor thriller del año.

Juzgar un libro por una portada es tan entupido como juzgar a una persona por su apariencia. Y sin embargo, lo hacemos. Prejuzgamos.  Y en este caso hasta el continente (no hablemos ya del contenido, solo con ese titulo tan evocador!) aprueba con nota.  La portada de Los Muertos viajan deprisa  con el túnel y la vía,  es un anuncio ( y una advertencia) del  viaje y de la parafernalia ferroviaria que nos aguarda.

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El tren es una imagen clásica de las novelas de enigma.  El tren como máximo exponente de la modernidad y del adelanto tecnológico, de la libertad de recorrer grandes distancias,  siempre en movimiento,  mientras sus ocupantes quedan reducidos a prisioneros de una jaula de oro a merced del loco de turno. Si no, que se lo digan a los pobres viajeros, (o no tan merecedores de compasión) del Orient Express.  El tren es también la metáfora  del acto lubrico en época de censura (¿recordáis esas escenas de un tren adentrándose en el túnel?). Y así, en este contexto y con una especialmente brutal (y fascinante) escena a bordo del  Tren Negro es como abre la cuarta entrega de las aventuras de Valentina Negro.

A partir de ahí, el hallazgo casual (dicho en términos procesales)   donde se pretende encontrar un algo  de las entregas anteriores, te explota en la cara  con el crepitar de un ligamento roto y una historia y un ritmo  sorprendente. Porque en el fondo, “Los muertos viajan deprisa” es un libro nacido del amor.

En su viaje interior hay cuentos, pasajes de una calidad literaria que son una rara avis en la vorágine actual de libros publicados con molde y plantilla (mediocres y  de cortapega ) , además de momentos memorables que son autenticas lecciones estilo como si de un ensayo literario  se tratara.

¿Es metaliteratura? ¿Hay intertextualidad?. Es algo así como un juego de espejos donde se mezcla el thriller y la narrativa impecable con la gamberrada: Esta entrega  es la menos encorsetada, la más  desvergonzada y la que más fustazos arrea . Y no solo propina ZASCAS al mundillo literario, (que no hace falta mucho para saber como anda el patio y  saber que se merecen  unos cuantos), si no también se los da a las fuerzas y cuerpos de seguridad, que, no dan pie con bola (en la novela).

Pues eso, que no hay que perdérsela.

 

 

 

 

Robert François Damiens

Quien haya leído un libro estupendo de Michael Foucault llamado “Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión”, conocerá la historia de la ejecución de Damiens, que intentó acabar con la vida del Rey Luis XV  en el año de 1757. Técnicamente fue una retractación pública, pero lo que fue realmente  es una salvajada llena de sadismo. Y todo por una (mera) tentativa contra la vida del monarca (este hecho delictivo aparece en las crónicas de la época con la calificación de “parricidio”, lo que nos da una idea de la gravedad del asunto: intentar matar al rey era como MATAR  (consumándolo) al padre). El castigo corporal, el suplicio al que fue sometido el criminal es espeluznante:  Le fueron “atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento”.

SHOW
The show must go on.

Lo que ocurrió después fue todavía peor, porque los caballos fueron incapaces de desmembrar a Damiens y el verdugo tuvo que ayudar con un cuchillo hasta que los caballos (animales nobles y majestuosos donde los haya) acabaron el trabajo.

Dicen también que  en el momento en que el tronco fue lanzado a las llamas seguía vivo e incluso que al día siguiente un perro, aunque era  expulsado del lugar una y otra vez, insistía en volver a las cenizas de la hoguera, como si el animal, (a cuyos  instintos nos ha gustado siempre dotarlos de un halo de misterio) acudiera a un llamamiento místico.

Focault también transcribe el  reglamento de  la Casa de jóvenes delincuentes de París de 1838. Su contenido, comparado con la condena a la que fue sometido Damiens, se parece más al régimen interno de una academia militar contemporánea que a un tratamiento para delincuentes de 1838. En apenas 81 años un abismo separó las  manifestaciones del ius puniendi y cesó el espectáculo macabro del castigo o como lo define Focault  se rompió con la  sombría fiesta punitiva del cuerpo supliciado.

Actualmente, en pleno 2016, hay una especie de regreso a ese derecho penal absolutista. Siempre ha existido (y existirá)  la tendencia a huir hacia él: Se acude a la peor clase de populismo al que se puede acudir, el del populismo penal, o si se quiere, al uso de la emotividad del derecho penal y de la neutralización del delincuente y con una clara finalidad única y exclusivamente retributiva.

Cuando se dan los requisitos y existen todas las garantías del sistema de juego , el Derecho Penal del ENEMIGO que propone Jakobs (o el Derecho Penal de dos Velocidades de Silva Sánchez) es recomendable y necesario, pero no hay ningún favor, ni versión positiva en salir corriendo hacía esa dirección, con la que se pretende calmar unas  ansias que son incentivadas y aprovechadas a veces con fines espurios: Los medios de comunicación, por ejemplo,  fabrican noticias (Mark Fishman en La Fabricación de la noticia) y fabrican olas de criminalidad que incrementan la sensación de inseguridad  de forma que no se corresponde con la realidad. En fin, un derecho penal excesivamente punitivo sirve para acallar a las gentes alimentadas en el miedo y en la inseguridad, pero no sirve para solucionar problemas, mientras que el abandono del derecho procesal penal, herramienta imprescindible y mucho más necesitada de reforma para los que nos movemos other side, se queda siempre desatendida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un puerto no lo suficientemente escondido.

Lamento decir que la Novela Negra (lo escribo con mayúsculas) sigue estando de moda. Claro que está de moda siempre que por  negra (por eso mi lamento de Ariadna)  se entienda cualquier cosa (como se entiende) en la que aparezca un policía y un muerto.

 Algunas veces esta receta se ve ligeramente alterada y hay más de un muerto: las victimas cuya misteriosa muerte se intenta  esclarecer y …el propio libro. Pero seamos honestos, eso ocurre con todos los géneros y en todas partes.

Con tanta moda la verdad es que empiezo a echar de menos aquellos días en que leer policiales (pongamos esa etiqueta para no caer en el remilgo) era  considerado literatura menor , un acto bárbaro  con un alcance reducido  y por ende, con un target  mucho más limitado.  Lo extraño, no porque sea mi genero fetiche, que evidentemente he leído y lo he disfrutado como la que más, sino porque  cuando te dedicas a vender a carne y solo aparecen libros de vacas  puede resultar muy complicado mantener un ocio (y una salud mental) saludable. Hoy en día lo negro (entendido de la forma antes indicada) se ha extendido  igual que se extiende el lubricante sobre el cuerpo del striper:

 Si hace unos años tuvimos que lidiar con los pastelillos en las partes pudendas de Dolores Redondo (bueno, no de las de ella, de las víctimas de su asesino en la Trilogía de Baztan), y a las canciones horteras de los trocitos de carne de Cesar Pérez  Gelida,  ahora le toca el turno a María Oruña con su primera novela “Puerto escondido” y que es una variante (pero poco varia) del estilo que se gasta  en la   mencionada “Trilogía de Baztan” ( y sobre la que he escrito unos cuantos posts en este blog), con la diferencia individualizante que en esta nueva novela, la que investiga es  la Guardia Civil  y en concreto, el mando lo ostenta una teniente del cuerpo, llamada, (oh! casualidad) Valentina Redondo.

 Compré con cierta ilusión  el libro(formato digital para más señas), pero ni con toda la buena intención del mundo el libro ha resistido el duelo con mis ganas de entretenerme: El estilo es tan parecido a los de “El guardián invisible que sonroja la mercadotecnia a la ceden las grandes editoriales con tal de hacer cash. Evidentemente las editoriales y los escritores quieren ( y están en su licito derecho) ganar dinero. ¿Pero está reñido ese ánimo en de lucro con una mínima autoexigencia por parte de ambos? Se que no es comparable, pero no puedo resistirme a recomendar Con H de Halcón, de Helen Macdonald, una estupenda (mágica, brillante, humana…) novela de Ático de los Libros con la que lamentablemente no venderán millones y apenas tendrá repercusión en la prensa , pero con la que pueden levantar la cabeza de orgullo. Y ojo, que con El Codigo Davinci me lo pasé teta.

Pero volviendo a “El Puerto escondido”, en las primeras paginas ya aparece un “Tenemos que hablar”, que es algo así como el equivalente literario de los calcetines para el erotismo, conversaciones de El Silencio de los Corderos (que nadie mancille esa película o tendrá que vérselas conmigo porque en la Trilogia de Baztan se bebía compulsivamente de ella), profesionales que  se forman en la  Granja de Cuerpos, antropologas que buscan ser una mezcla de la de la serie Bones… además de incorporar intercalado un “Diario” dentro de la historia con un estilo tan poco conseguido que acaba siendo todo una gran cataplasma con un tono general  demasiado cursi y empalagoso y con una trama previsible (gemelos, psicópatas, bebés, mujeres policías de anucio…) y prescindible (esto ultimo es lo malo).

Es cierto que a una primípara no debería exigirse un parto limpio y rápido y sin estar aterrorizada (¿quien de nosotros nace sabiendo y no necesita pulirse?) pero esa benevolencia bienintencionada  dista mucho de tener que comulgar con el molde de prefabricado en el que ha caído “El Puerto Escondido” (otro más en las estanterías de nuestras librerías).

Porque además, una cosa son las referencias literarias y los guiños  y otra el corta pega estilo patchwork con retales de aquí y de allá y quedarse en nada.

Por cierto, sabéis que  hay otra Valentina, apellidada  Negro, que es igualmente gallega como la teniente del libro, que ostenta el cargo de  Inspectora del Cuerpo Nacional de Policía y es la protagonista de la saga de Nieves Abarca y Vicente Garrido iniciada en 2011?

Pues eso, que  “El puerto(…)” se trata de un puerto demasiado poco escondido.

La moda de lo “negro”.

Decir que la novela negra está de moda no es descubrir América. De hecho, la atracción por todo lo relacionado con el crimen y su castigo no es ninguna novedad en el devenir humano: Buceando en la historia, nos topamos con la literatura de cordel (en la  que ya se relataba esta clase de episodios morbosos) y que con el tiempo ha evolucionado hacia la literatura de la que ahora nos ocupamos y en el periodismo de sucesos (o sensacionalista?)

 

Es difícil señalar brevemente y con exactitud a que responde está fascinación tan típicamente humana por esa cara oscura de la vida: Resumidamente puede alegarse que por un lado, está la eterna sensación de inseguridad con la que vive el hombre y la obsesión que ello  le genera por  la seguridad.
Por otro lado,( y no de forma alternativa) se podría acudir a la atractiva estética de todo lo criminal y que viene a satisfacer la necesidad de misterio y ocultismo (y hasta de religiosidad)de los que parece carecer nuestro tiempo.

 

Ahora bien , ¿es novela negra  todo lo que nos venden como tal? Rotundamente NO. La novela negra ( y cualquier otro producto calificado como tal) encuentra su motivación en ser  el antídoto para aliviar la sed de morbo y de misterio al que antes nos referíamos ( y también para darnos sensación de seguridad).

 

Este genero, (ha sido y es) el medio por el que se  permite asomarse a las gentes de bien (a los ciudadanos normales con vidas estructuradas) a esa espalda oculta del mundo, a los bajos fondos, pero desde el confortable parapeto de la seguridad  de ser meros observadores de lo salvaje y lo descarnado.

 

El morbo y el misterio atraen porque es un riesgo controlado que  satisface nuestras necesidades.

 

La barbarie que cometen los monstruos (yonkis, borrachos, macarras, asesinos, violadores, ladrones y psicópatas…) le toca vivirla a otros, nunca a nosotros,  y nosotros (espectadores de ese ensañamiento salvaje que nos salpica la punta de los zapatos pero no nos toca) encontramos la satisfacción y el alivio en la resolución de esos misterios por parte de eficaces investigadores ( forenses, detectives, policías, curas o amables ancianas solteronas…) que siempre dan en el clavo y terminan neutralizando a  la amenaza.

Edulcorar, suavizar, atenuar  esos relatos (íntegramente inventados por mentes perversas o inspirados en hechos reales),  hacer de ellos historias blancas,  limpias y apacibles, (casi de cuento de hadas como parece haberse puesto de moda) supone desproveer al relato negro precisamente de la oscuridad que le es propia y característica y que le insufla de vida y le da forma para transformarlo en otra cosa, en otro genero.

 

En definitiva, si una novela es negra,   lo es porque resulta  un catalogo de pesadillas, un compendio de historias sórdidas, desagradables, salvajes y turbias… Como turbia es la mirada de los muertos: Mirada que te atraviesa y te mira, pero que ya no es capaz de ver.

 

He terminado “El legado de los huesos”

Finiquitada la segunda entrega de la autodenominada “Trilogía de Baztán” de Dolores Redondo (ya advierto que semejante denominación como queriéndose comparar a la “Trilogía de Nueva York” de Pau Auster, me predispone a la sospecha de encontrarme ante un ego más inflando que capacidad literaria ostenta), dejo aquí mi informe sobre el asunto:

Que conste en acta que admiro el esfuerzo de cualquiera lo suficientemente valiente como para enfrentarse al terror de la pagina en blanco (terror que ahora mismo vivo en mis carnes ante esta entrada de bloc que no se como empezar) pero este reconocimiento al esfuerzo  no debería servir de coladero o salvoconducto a todo tipo creación: por mucho esfuerzo y determinación que uno ponga en algo…no es sinónimo de excelencia o calidad.

En el caso de El Legado de los huesos  la continua referencia a la vida familiar y a la nueva faceta materna de la protagonista, las escenas y situaciones edulcoradas hasta la hiperglucemia, la total y absoluta ausencia de situaciones escabrosas e incluso duras, los diálogos sin fuerza,(Oh, James  amor mío),  los personajes planos,  la nula psicología en sus actuaciones y sus  reacciones pueriles que hasta Jude Deveraux solventa con más dignidad en su literatura romántica,  la inclusión de pasajes y más pasajes prescindibles y que no aportan nada a la trama  (que sobran y ahogan cualquier atisbo de esperanza en recuperar su dignidad) convierten a El Legado de los Huesos (con mas intensidad incluso que en El Guardián Invisible)  en algo así como una caricatura bochornosa de lo que debería ser una verdadera novela (negra).

Y es que Dolores Redondo, más allá de los juegos de manos, el marketing y la publicidad no nos debe llevar a engaño:  es una autora más próxima a la María Dueñas de El tiempo entre costuras”,(que tiene su publico y es muy digno) que a cualquiera de de los autores integrantes de esa cuadrilla oscura y criminal  que escriben con pasión sobre el crimen y los criminales y que han sido criados  amantados (bonita metáfora para precisamente hablar de una novela que el 90% de su vocabulario se reduce a “lactancia” y “toma”) por la lectura  no solo de las novelas del genero, sino por también por cuantas revistas y fanzines en la mejor tradición de Black Mask”  caen en sus manos y que resultan más canallas y criminales que los propios criminales que inventan.

Creo que la propia Dolores Redondo ha dicho por ahí (en alguna entrevista e incluso tuit así lo afirma) que no tiene demasiadas referencias de autores del genero y eso es, cuanto menos, muy sospechoso. ¿Como se puede correr si antes no se aprende a caminar? ¿Como escribir si antes no se ha leído?. Y es aquí donde tenemos un claro ejemplo  de lo necesario que es la lectura para no caer en el pobre estilo de la autora que aquí nos ocupa.

La novela negra (o criminal o sea el adjetivo que se le quiera dar) debería resulta una obra que, sin ser un manual de ciencia policial (y de criminología y/o criminalistica y Derecho), resulte una obra realista y creíble. Una obra, en definitiva, VEROSÍMIL. Verosmilitud que debe ser aplicable tanto a la psicología de los personajes, como a los procedimientos utilizados, a los “comos” y a los “por ques” a los que pretende dar respuesta la historia y a la jerga. Y que todo lo anterior vista al conjunto de la obra de ficción de esa deseada apariencia de credibilidad y realismo que caracteriza este tipo de obras.

Todo lo contrario ocurre en El legado de los huesos: para empezar por la falta de profundidad en el desarrollo de la personalidad de los propios personajes que pueblan la historia: alguien puede creerse a una Inspectora de un cuerpo policial (que si no me falla la memoria) ha ascendido al empleo por promoción interna y que ha tenido que ver y oler de todo en la vida (ese olor a sangre que nunca se olvida) tenga unas preocupaciones tan infantiles en su día a día? A que miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en su sano juicio se le ocurre la peregrina idea de plantarse en una cita nocturna, en un restaurante de lujo con un juez que le tira los tejos, vestido de Romano (de uniforme, vaya) con la única intención de crearle malestar y que así la deje tranquila? Y es que no contenta con el planteamiento infantil e irrespetuoso con el cuerpo que representa, añade que “«Si una policía vestida de rojo no logra intimidarte, nada lo hará»,.Mención especifica en este sentido merece la pelea en plan “Manolito” con su subordinado al más puro estilo “Arma Letal”, como si una mujer policía e Inspectora, necesitase de esos recursos para reforzar su autoridad.

Esta falta de interes a la hora de elaborar  el perfil y las motivaciones de los personajes puede tener un “pase” al tratarse de personajes secundarios,  pero que la propia protagonista adolezca las consecuencias de la ausencia del mas mínimo  trabajo por parte de su “madre” en este aspecto y se presente como un ser plano,   por no hablar del escaso trabajo en las motivaciones del malo de turno… no solo ya es un ejemplo de la desidia en su creación, sino que resulta una muestra evidente de la impericia como escritora.  Ello trae la irremediable consecuencia que nadie pueda sentir aquello que se pretende que sintamos: ¿Alguien realmente ha sentido el terror que dice sentir la protagonista por su madre y la angustia  por ser una elegida y la enorme responsabilidad que presuntamente recae sobre sus hombros? ¿Tensión por el devenir de los acontecimientos?. Cero. Nada de nada.

Buen ejemplo de lo que no consigue Dolores Redondo, lo encontramos en “Intemperie”, donde el excelente trabajo narrativo de Jesús Carrasco, consigue transmitir el terror que ese pobre niño siente por su perseguidor: un alguacil del que huye como si fuera el Diablo. En el caso de Amaia ese temor, ( esa presunta relación traumática con su madre que a mi no me ha llegado) queda diluida entre ingentes cantidades de calostro y arrumacos a su retoño que, en definitiva, parece ser todo el “leiv motiv” de la obra. Para ello busca la excusa de la profesión policial de la entregada madre y amante esposa, cuando pudiera haber sido ingeniera de caminos o abogada. Pero este defecto también lo sufre la novela anterior (El Guardian(…)

Y que tal  esa mezcla, que no funciona ni de lejos por su pobre ejecución,  de inspectora superpolicía y ser místico elegido por los astros?. Con esa trama secundaria inacabada y sin ningún tipo de misterio o magnetismo y que viene configurada por “El peine dorado” y las ofrendas a la Dama.¿Que narices de misterio se supone que tiene que  sorprendernos?  La idea, como tal,  no es mala ya que encontramos grandes ejemplos de grandes mujeres de espíritu torturado por ese irrenunciable deber de justicia unido a un don especial que les trae más quebraderos de cabeza que felicidad: como Olivia Dunham, en Fringe  e incluso Allison DuBois en Médium.  Pero si Olivia Dunham es por un lado uno de los personajes de la ciencia ficción más grandes que ha parido el genero, hasta Allison DuBois, personaje más mediocre, resulta un personaje mucho más digno y trabajado (y menos  sonrojante) que la Inspectora Salazar, entre cuyas hazañas se cuentan la de tener el  el valor de decirle a toda una Señoría que la llame “Jefa” y no Amaia, y palparse continuamente la GLOCK en su cadera cuando tiene miedo. Imperdible( por mala) la escena en la sala de espejos (técnicamente se llama cámara de Gesell, pero Redondo no lo menciona ni una sola vez, ni tan solo en boca del todopoderoso y cultismo Padre Sarasola) en la que tiene ocasión de ver a su madre.

En el mismo sentido que ocurría con su entrega anterior,( véase en mi entrada anterior como la autora se inspira en PD JAMES para escenas de “El guardia invisible”) “El legado(…)” bebe y mucho (aunque lo niegue por activa y por pasiva) de variadas y múltiples referencias. El más claro ejemplo el chapucero intento por  emular a Thomas Harris y su Silencio de los corderos: psiquiátrico de alta seguridad donde está ingresada la madre que hace las veces de un Dr. Lecter femenino y anciano, el director del psiquiátrico que es un Dr. Chilton mal copiado, la relación con el agente Dupree del FBI que no pasa de ser una tentativa pueril (pueril es toda la novela en general) de crear una relación morbosa y dañina como la que se establece entre Hanibal y Clarice…y como no, la guinda al pastel: la ausencia de ritmo en toda la novela.

La ausencia de fluidez y continuidad narrativa afecta desde el primer momento a la obra y la hace una especie de tentativa de narrar la historia como si de una novela gráfica o storyboard se tratara. Nuevamente un fracaso de su entregado pero pobre estilo narrativo.  El efecto del ritmo a lo “ VIDEOCLIP MTV” brilla por ausencia, dejando como resultado un producto final algo inconexo y lento (muy lento)   que como hilo conductor únicamente cuenta con la eterna mención de la toma del pecho del pequeño Ibai, y que si el no ser puntual la transforma en una mala madre. (Insisto que en aras de un personaje lo más realista posible, una Inspectora tendría, por su experiencia vital, muchos otros temores para con su hijo que esas tonterías que se solventan con un biberón y una canguro).

Si a todo lo anterior, le añadimos el final (pobre y sin acción, propio de “Embrujadas”, con dibujos de tiza y ceniza en pleno bosque), el exceso de pasajes que no aportan nada a la trama y que llegan a ahogarla, nos da como resultado una tentativa punible (en la dignidad de todos los lectores) y muy  pobre. Si la idea general de la novela es interesante, (sigo pensando que la idea del esqueleto que sostiene ambas obras y que subyace es la misma que se encuentra en  Crímenes Exquisitos y Martiriyum (pero adaptada a las necesidades de esta autora),  la ejecución deviene un pobre ejercicio literario que consigue hacer cojear toda la historia y que da como resultado una novela que ni es novela negra, ni resulta una novela interesante sea cual sea su etiqueta, con una absoluta falta de gracia en su ejecución y que en definitiva, entre las fuentes de las que bebe Redondo y su obra, existe la misma distancia que, por citar un ejemplo, existe entre Semilla de maldad, protagonizada por Glenn Ford y la versión edulcorada y tontorrona de los 90 protagonizada por Michelle Pfeiffer y que recibió por titulo “Mentes peligrosas” . Y es que resulta cada vez más evidente que  Dolores Redondo no es más que un ciego con una pistola.